Sociedad 09-06-2009 - 596 Palabras
(Prisiones)
HABLEMOS DE HOLANDA
Lo sé, amable lector: está lejos, tiene otra
realidad, vive de otra manera. Pero hablar un poco de Holanda, y más
específicamente del problema que Holanda tiene para mantener sus cárceles ante
la falta de presos, nos permite entender por contraste algunas cosas que
suceden en la Argentina.
Por si la lectura del párrafo anterior lo
llevó primero a la sorpresa y luego a la incredulidad, déjeme repetir y ampliar
el concepto: en Holanda, las cárceles tienen que cerrar por falta de presos, y
el gobierno está evaluando “importar” reclusos de otros países para mantenerlas
en funcionamiento, según nos informa un medio español.(1)
Desde los años cincuenta, ese país europeo ha
sido considerado excepcional por su escasa población carcelaria, algo que tiene
que ver con el énfasis puesto en otras formas de castigo y en el uso de la
condena a prisión como “último recurso”, según el artículo de soitu.es
rescatado por el portal argentino Periodismo.com.
Es obvio que las cosas funcionan allá de
manera distinta. Aquí, las cárceles están llenas de inocentes potenciales,
porque el fenómeno de la prisión preventiva generalizada hace que sean más los
presos que no tienen sentencia firme que los que sí han recibido una condena
definitiva. Cada tanto nos enteramos del caso de alguna persona que ha pasado
tres o cuatro años presa y luego fue absuelta por la Justicia. La
superpoblación carcelaria es un argumento a tener en cuenta cada vez que se
discute un cambio en los castigos para ciertos delitos, o la modificación de
los procedimientos penales, o la ampliación del campo con la reducción de la
edad de imputabilidad criminal.
Sin embargo... el mismo medio que citábamos
arriba nos dice que Holanda se está quedando sin presos incluso cuando los
legisladores han endurecido las leyes que disponen penas para los delincuentes.
Es decir que el fenómeno de la cárcel como “último recurso” se ha atenuado y,
aun así, hay que cerrar prisiones.
¿Por qué sucede esto? Porque mientras el
gobierno, empujado por la opinión pública y los medios, ha tomado una tendencia
de castigos más estrictos, los jueces han seguido otra línea. Y esto ya es, en
sí mismo, una diferencia fundamental entre el caso holandés y el caso
argentino.
En nuestro país, por cuestiones que vendría
muy bien analizar, los jueces se sienten mucho más atados a toda reforma
oficial y suelen afirmar que la ley les impone fuertemente ciertas decisiones.
Es posible: los factores que intervienen son complejos y no tienen que ver sólo
con los códigos penales sino también con los de procedimientos.
No soy especialista en derecho penal y no
puedo decir que el meollo del asunto esté ahí: los niveles de criminalidad en
la Argentina son indudablemente muy superiores a los de Holanda y sería utópico
esperar encontrarnos aquí con un fenómeno de cárceles vacías en el corto plazo.
Pero los factores que operan en el caso holandés pueden resultarnos familiares:
la presión de los medios, el endurecimiento de las penas por la presión popular
basada en la emoción, el disenso de los expertos...
Y sin embargo, en uno y otro caso, la
ecuación ha dado resultados diferentes. Los jueces se han sentido habilitados
para operar según principios diferentes a los que guiaron las reformas del
gobierno y han oído más el consejo de los expertos que el clamor popular. No
han sentido, tal vez, que la amenaza de la destitución pesara sobre ellos por
no atenerse a una idea oficial surgida de ese clamor.
Es para tener muy en cuenta.
(1) http://www.soitu.es/soitu/2009/06/05/actualidad/1244219053_711454.html
Sebastián Lalaurette
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Agencia MP