Sociedad 30-06-2009 - 557 Palabras
(Daño ambiental)
ELECTRIZADOS
Estamos tan acostumbrados a maltratar a
nuestro planeta que expresiones como “desecho tóxico”, “smog”, “calentamiento
global”, “efecto invernadero”, “deforestación”, “aguas servidas”, “impacto
ambiental”, “desequilibrio ecológico” o “gases contaminantes” nos resultan
deprimentemente familiares. En parte, describen lo que somos: una especie que
ha crecido más allá de los límites naturales que contienen al resto, que ha
dominado a la naturaleza y ha medrado en exceso violentando al ecosistema,
hasta ponerlo en peligro fatal. Nada nuevo bajo el sol.
Sin embargo, hay otros giros a los que no
estamos tan acostumbrados y que pertenecen al mismo campo de ideas. Como
“electropolución” o, lo que vendría a ser lo mismo, “contaminación
electromagnética”. Aquí no hablamos (o, mejor dicho, los que saben de esto no
hablan) de hectáreas, kilómetros cuadrados, grados centígrados, gramos por
metro cúbico o unidades por millón, sino de microteslas, o microwatts por
centímetro cuadrado. Será porque las consecuencias de este tipo de
contaminación son difícilmente detectables o porque la propia polución
electromagnética es invisible...
Pero es real. Año a año, diferentes informes
científicos vienen advirtiendo de peligros efectivos o potenciales de las
emisiones eléctricas que atraviesan y sostienen a nuestra civilización. Las
estaciones transformadoras, líneas de alta tensión, sistemas WiFi y WiMAX,
bases de teléfonos inalámbricos y hasta los teléfonos celulares son fuentes de
ondas impalpables que pueden dañarnos si nos exponemos a ellas en forma
crónica. El problema: todos vivimos inmersos en forma crónica en un entramado
de estas emisiones; pensar en una sociedad moderna sin estaciones
transformadoras, líneas de alta tensión o telefonía sin cables es directamente
absurdo.
Es por eso que hay niveles máximos de emisión
y niveles de exposición permitidos. Los ecologistas preocupados por este tipo
de contaminación sostienen que las reglas actuales son demasiado laxas, que los
niveles deben ser más restringidos para evitar graves daños a la salud. Citan
estudios científicos que hablan de la peligrosidad comprobada o potencial de la
exposición a tantas fuentes de radiaciones electromagnéticas, algo que no
podemos evitar dado que nuestras sociedades están absolutamente permeadas por
la tecnología, pero sí deberíamos poder mantener bajo control, sostienen.
En esta historia, como en las luchas de los
ecologistas contra las compañías mineras o las industrias que vierten residuos
tóxicos a las aguas, también hay un “malo”. Son las empresas de
telecomunicaciones que, como es obvio, se oponen a la legislación que
establecería fuertes reducciones en la cantidad y duración de las emisiones de
los sistemas que mantienen en marcha.
Nuevamente, como en el caso de otras
industrias contaminantes o en el de las tabacaleras, por ejemplo, la oposición
parece ser entre economía y salud, ya de los humanos como de los animales y
plantas. Si Al Gore viaja por el mundo pidiendo que los automóviles no echen
tanto humo, los activistas en contra de la electropolución proponen medidas que
suenan extremas: prohibición del uso de celulares en transportes públicos,
desmantelamiento preventivo de todas las redes WiFi y WiMAX, relocalización de
las estaciones eléctricas y otras grandes fuentes emisoras. Son extremas no por
irrazonables, sino justamente por razonables: porque demuestran hasta qué punto
nuestras actividades cotidianas dependen de la existencia de una red que podría
estar dañándonos seriamente.
Tomar medidas drásticas en la materia tendría
consecuencias drásticas sobre nuestra forma de vida. Pero también, dicen los
ecologistas, sobre nuestra salud, y para bien.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP