Sociedad 28-07-2009 - 599 Palabras
(Mediáticos)
NO MOMENTOS
Pasan los años y ellos siguen estando.
Algunos, por lo menos. También aparecen otros nuevos. La población se mantiene
constante, empujada hacia arriba por la necesidad de nutrir un negocio voraz y
hacia abajo por la economía de la atención que no permite una proliferación
indiscriminada. Todos los conocemos, incluso aunque jamás los veamos. Es
imposible no oír hablar de ellos aunque sea de refilón. Y, sin embargo, nada
nos enseñan, ni tienen demasiado que mostrarnos.
Son los mediáticos. Así, en sustantivo.
Un portal de Internet publicó recientemente
un “top five” de estos personajes que saturan la pantalla abierta y también
entran en el cable. Encabeza ese ranking Zulma Lobato, el (o la) efervescente
travesti que al parecer se había ido y ahora regresó. Siguen el eterno Jacobo
Winograd y el también perenne Guido Süller, que relevó a Silvia hace ya un par
de años; luego viene Ricardo García, que si le digo Ricardo García usted
seguramente no sabe quién es pero si le digo “el esposo de Adriana Aguirre” lo
ubica enseguida. El quinto es Bam Bam. Sí, como suena: Bam Bam.
¿Qué es esto de ser “un mediático”?
Lo primero que llama la atención es esta
apropiación del adjetivo para otros fines, esta expresión de lo central de una
característica que en principio no vale por sí misma. Hay golpes mediáticos,
grupos mediáticos, abogados mediáticos, campañas mediáticas, especialistas
mediáticos, hasta periodistas mediáticos... pero mediáticos a secas es algo que
no se entiende sino a la luz de una carencia.
El proceso lingüístico replica el proceso
cultural, o para decirlo más claramente: el adjetivo sin sustantivo es el
espejo de una característica sin sustancia.
Estas personas no son mucho fuera de su
carácter, justamente, mediático. Su especialidad es estar ahí, divertirnos un
rato a su costa (ya que hay mucho de perverso en el placer que nos da verlos y
burlarnos de ellos por inacabables motivos). No puede decirse que no sean
hábiles, al menos, para hacer negocios: cada aparición les reporta un dinero
que no ha de ser una suma despreciable, aunque no estoy al tanto de las tarifas
actuales.
El precio, sin embargo, parece demasiado
alto: sus almas. La televisión es, en ese sentido, un diablo que paga en
contante y sonante.
También nosotros perdemos (metafóricamente,
claro) un poco de nuestro espíritu cada vez que nos sumergimos en las andanzas
de estos seres que no dicen nada, que son puro grito, pura provocación, llanto
falso, furia inmotivada. La sonrisa que nos traen no vale la hora entera que
perdemos soportando al presentador de turno que enfatiza la calidad de la bosta
que está a punto de vendernos. Sus encuentros y desencuentros, sus peleas, sus
fotos de alto voltaje, sus éxitos de pacotilla son temas de conversación, pero
no de buena conversación. Si la televisión es una droga, los mediáticos son el
último resto, la dosis insuficiente, el residuo que no llega a pegar y que nos
deja insatisfechos.
No voy a caer en el lugar común de decir que
cada hora que gastamos atisbando las falsas vidas de estas personas (porque
mucho de lo que vemos es claramente falso) es una hora que no pasamos leyendo a
Dostoyevsky. Pero sí diré esto: cada hora que gastamos atisbando esas falsas
vidas es una hora que no pasamos viviendo la nuestra. Jugando con nuestros hijos,
hermanos, padres, perro, gato, tomando un helado, cantando una canción.
Como hay no lugares, también hay no momentos:
éstos que le entregamos a la televisión a cambio de nada. También para nosotros
el precio es demasiado alto.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP