Sociedad 04-08-2009 - 599 Palabras

(Muerte digna)

 

SIR PRATCHETT Y LA MUERTE

 

Sucede con frecuencia que los avatares de la vida nos mantienen apartados, no sin una considerable ayuda de nuestra parte, de las cuestiones profundas e insolubles que hacen a la condición humana, y que sólo les prestamos atención, una angustiada atención, a esas cuestiones cuando nos afectan directamente a nosotros o a alguien que conocemos.

 

Así, por ejemplo, nos las arreglamos para no pensar en la muerte hasta que una enfermedad seria nos aqueja a nosotros o a nuestros seres queridos, o hasta que muere un familiar o un amigo. El aborto es una cuestión abstracta sobre la que tenemos o no tenemos una posición formada hasta que un embarazo no deseado altera nuestras formas o las de nuestras novias. Opinamos libremente sobre las opciones éticas de los hombres públicos hasta que una oportunidad poco clara llama a nuestra puerta. Y así.

 

Existe una variante común de esto. A veces lo que nos lleva a pensar en ese tipo de cuestiones, las más trascendentes para nosotros como humanos, no es que afecten a nadie de nuestro círculo íntimo o de conocidos, sino que quien se ve en el dilema (y tal vez habla sobre ello) es una persona reconocida a la que queremos bien. Por ejemplo, el suicidio, su contexto, sus razones, la imposibilidad de aprehender el estado mental de quien tomó esa decisión una vez que ya no está y el horror que eso produce: tendemos a no pensar en eso, pero cuando quien optó por quitarse la vida fue René Favaloro, nos vimos empujados a intentar comprenderlo.

 

Ahora sucede algo similar en Inglaterra. Recientemente se supo que Edward Downes, un prestigioso director de orquesta, y su esposa Joan, ex bailarina, viajaron a Suiza, donde la eutanasia es legal, para morir en una clínica especializada. El caso tuvo difusión amplia aunque la figura de Downes no era conocida para una mayoría de gente. Pero luego de eso hubo quien dio el golpe emocional, el testimonio que nos lleva nuevamente a pensar qué haríamos nosotros en esa situación: Sir Terry Pratchett.

 

Posiblemente a ustedes no les suene el nombre, aunque sus libros se consiguen en la Argentina. Su literatura fantástica es muy divertida (cómica, de hecho) y él mismo es un personaje querible que ha llegado a ser conocido más allá de su amplio círculo de fans. Pues bien, hace algún tiempo que Pratchett está luchando contra el mal de Alzheimer, una batalla que, en el estado actual de la ciencia, no se puede ganar. Él considera que tampoco es posible perder dignamente, y en los últimos días hizo oír su voz para decir: “Voy a morir antes del juego final.”

 

Dejó claro que él también optará por la “muerte digna” cuando sienta que ya no vale la pena seguir:  “Vivo deseando poder saltar antes de que me empujen.”

 

En las historias de Mundodisco, el universo creado por Pratchett para sus libros, a la Muerte las cosas frecuentemente le salen mal: es demasiado blanda, a veces perdona, hace tratos, se equivoca. Pero la muerte real, la muerte con minúscula, no perdona jamás. Es por eso que el escritor quiere una ley que les permita a los británicos someterse a la eutanasia en su país.

 

“Quiero morir sentado en una silla en mi propio jardín, con un vaso de brandy en la mano y a Thomas Tallis en el iPod”, dijo Pratchett. “Y si llueve, en la librería.”

 

Conmueve porque es Terry, claro. Pero la angustia ante la opción entre la muerte y el dolor ya estaba en todos nosotros.

 

Sebastián Lalaurette

redaccion@agenciamp.com.ar

Agencia MP