(Droga – Consumo – Despenalización)
En buena hora se debate
en la Argentina un tema complejo si los hay: el estatus legal del consumo de
marihuana y otras drogas. El esperado fallo de la Corte Suprema, que zanjó una
discusión que derivaba en fallos contradictorios en distintas instancias y
jurisdicciones del país, no es para nada el punto final del debate, sino más
bien un avance importante, la subida de un peldaño. Por primera vez, más allá
de los argumentos a favor y en contra que se esgrimen desde siempre, está claro,
clarísimo, que el consumo de estupefacientes no es en sí mismo una actividad
delictiva. Repetimos: en buena hora. Podemos dedicarnos a discutir cómo
seguimos de aquí en más.
Esta columna no pretende
un pronunciamiento definitivo porque el tema es, evidentemente, complejo, y
sería irresponsable pedirles a los legisladores que hagan lugar a toda una
serie de prácticas sociales sin analizar cuidadosamente las consecuencias que
eso tendría a largo plazo y en el amplio espectro. No obstante, sería bueno
abandonar ciertos prejuicios que, directamente, podemos calificar de tontos.
Deshacerse de ellos nos permitiría afrontar un debate más serio.
No es verdad, por
ejemplo, que el consumo de marihuana produzca un estado de hiperexcitación que
pueda derivar naturalmente en violencia (es muy gracioso hoy en día ver Grass,
el documental yanqui de 1999 construido en base a publicidades de “bien
público” de otras épocas que mostraban a los consumidores como criaturas
poseídas por una furia amoral y criminal). Otras drogas pueden producir esos
efectos, pero no precisamente el porro, ese pequeño objeto tan parecido a un
cigarrillo común, mucho más relacionado con el relax y con la risa incontenible
que con la tensión previa al crimen.
Hablando de cigarrillos,
sí es cierto (lo dicen los que saben y no me encuentro entre ellos) que la
adicción al tabaco produce daños graves a nivel físico y alteraciones a nivel
psíquico que tienen que ver con una irritabilidad general no lejana de
reacciones violentas a estímulos que no las merecen. Podríamos decir que el
adicto al tabaco está más cerca de la agresión que el adicto a la marihuana (y
queda en discusión qué tan adictiva es realmente la marihuana).
Es cierto que varias
jurisdicciones han establecido la obligación de mantener ambientes total o
parcialmente libres de humo de tabaco, pero la legalidad del comercio y del
suministro gratuito de esa sustancia es un hecho. Convidar un porro era y es
ilegal, porque trasciende el consumo privado y provoca (dicen) un daño a la
salud del otro; convidar un cigarrillo es legal, a pesar de que no se trata de
otra cosa que de someter al convidado a la influencia de una sustancia
claramente nociva para su salud y la de otros.
Pensemos en esto:
¿Quién, entre los que fuman porro, no ha fumado alguna vez un cigarrillo? Es
verdad que la marihuana sirve como ensayo previo al uso de otras drogas, pero
es claramente el tabaco la sustancia más frecuente de iniciación: es marrón, no
verde, la llave de pasaje a otras adicciones más serias.
Se acaba el espacio y
apenas abordamos una punta del debate. Una que puede ser más productiva que la
discusión eterna sobre si porro sí o porro no. Es hora de preguntarse, seria y
responsablemente, por qué porro no y cigarrillo sí. En las posibles respuestas
a esa pregunta tal vez haya algo que nos permita llegar a un puerto saludable.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP