Sociedad 02-09-2009 - 578 Palabras

(Droga – Consumo – Despenalización)

 

VERDES Y MARRONES

 

En buena hora se debate en la Argentina un tema complejo si los hay: el estatus legal del consumo de marihuana y otras drogas. El esperado fallo de la Corte Suprema, que zanjó una discusión que derivaba en fallos contradictorios en distintas instancias y jurisdicciones del país, no es para nada el punto final del debate, sino más bien un avance importante, la subida de un peldaño. Por primera vez, más allá de los argumentos a favor y en contra que se esgrimen desde siempre, está claro, clarísimo, que el consumo de estupefacientes no es en sí mismo una actividad delictiva. Repetimos: en buena hora. Podemos dedicarnos a discutir cómo seguimos de aquí en más.

 

Esta columna no pretende un pronunciamiento definitivo porque el tema es, evidentemente, complejo, y sería irresponsable pedirles a los legisladores que hagan lugar a toda una serie de prácticas sociales sin analizar cuidadosamente las consecuencias que eso tendría a largo plazo y en el amplio espectro. No obstante, sería bueno abandonar ciertos prejuicios que, directamente, podemos calificar de tontos. Deshacerse de ellos nos permitiría afrontar un debate más serio.

 

No es verdad, por ejemplo, que el consumo de marihuana produzca un estado de hiperexcitación que pueda derivar naturalmente en violencia (es muy gracioso hoy en día ver Grass, el documental yanqui de 1999 construido en base a publicidades de “bien público” de otras épocas que mostraban a los consumidores como criaturas poseídas por una furia amoral y criminal). Otras drogas pueden producir esos efectos, pero no precisamente el porro, ese pequeño objeto tan parecido a un cigarrillo común, mucho más relacionado con el relax y con la risa incontenible que con la tensión previa al crimen.

 

Hablando de cigarrillos, sí es cierto (lo dicen los que saben y no me encuentro entre ellos) que la adicción al tabaco produce daños graves a nivel físico y alteraciones a nivel psíquico que tienen que ver con una irritabilidad general no lejana de reacciones violentas a estímulos que no las merecen. Podríamos decir que el adicto al tabaco está más cerca de la agresión que el adicto a la marihuana (y queda en discusión qué tan adictiva es realmente la marihuana).

 

Es cierto que varias jurisdicciones han establecido la obligación de mantener ambientes total o parcialmente libres de humo de tabaco, pero la legalidad del comercio y del suministro gratuito de esa sustancia es un hecho. Convidar un porro era y es ilegal, porque trasciende el consumo privado y provoca (dicen) un daño a la salud del otro; convidar un cigarrillo es legal, a pesar de que no se trata de otra cosa que de someter al convidado a la influencia de una sustancia claramente nociva para su salud y la de otros.

 

Pensemos en esto: ¿Quién, entre los que fuman porro, no ha fumado alguna vez un cigarrillo? Es verdad que la marihuana sirve como ensayo previo al uso de otras drogas, pero es claramente el tabaco la sustancia más frecuente de iniciación: es marrón, no verde, la llave de pasaje a otras adicciones más serias.

 

Se acaba el espacio y apenas abordamos una punta del debate. Una que puede ser más productiva que la discusión eterna sobre si porro sí o porro no. Es hora de preguntarse, seria y responsablemente, por qué porro no y cigarrillo sí. En las posibles respuestas a esa pregunta tal vez haya algo que nos permita llegar a un puerto saludable.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP