(Humanidad – Género)
Es como si alguien, en
alguna parte, hubiera prendido una máquina de destrozar seguridades. A la gente
del Medioevo no le pasaba. A los antiguos, tampoco. El culpable fue Descartes,
me parece. Él o algún otro. Copérnico, tal vez. En un momento determinado, la
rueda empezó a girar, y ya no se detuvo. Ha hecho añicos toda certeza sagrada
que encontró a su paso, y aún lo hace.
Es la ciencia, esa hija
de la razón moderna. Por más acostumbrados que estemos a las sacudidas, siempre
hay una nueva que nos hace cuestionarnos qué es lo que en realidad podemos dar
por seguro.
Ahora, por ejemplo:
Sabemos lo que es un ser humano, ¿verdad? ¿No que podemos señalar a unos
animales en particular en medio de un montón de ejemplares y decir que son
humanos mientras que el resto no? Los humanos son hombres y mujeres, y no hay
mucha más vuelta que darle, ¿no es así?
Bueno... tal vez esa
parte de “hombres” no sea realmente esencial. Las mujeres serían, en realidad,
la suma de lo que constituye la especie humana, y los hombres una derivación
destinada a desaparecer, no necesaria (o ya no necesaria) para la supervivencia
del genoma, es decir de la especie como tal.
¡Ma qué envidia del pene
ni qué ocho cuartos! Si usted es hombre, querido lector, lo invito a llorar conmigo:
sepa que las chicas ya casi no nos necesitan. Lo explica claramente Álvaro
Colomer en la revista del diario español El Mundo y no hace falta más
que echarle un vistazo a su artículo(1) para empezar a sentir que uno va
desapareciendo, como Marty McFly en la primera parte de Volver al futuro,
cuando ya no puede tocar la guitarra porque la timidez de quien está destinado
a ser su padre le impide dar el beso que lo traerá (a Marty) a la existencia.
Los científicos vienen
diciéndonos hace rato que el cromosoma Y que los varones tan orgullosamente
portamos (en realidad el orgullo es accesorio: nos portemos como nos portemos,
no podemos hacer otra cosa que portarlo, si usted me entiende) es una especie
de anomalía, un cromosoma X que ha perdido una patita. Pero ahora... ¿Avances
en la clonación? ¿Sexo y reproducción como entidades separadas? ¿Generación
sintética de semen?
Vistas desde afuera
(desde una raza alienígena, por ejemplo), tal vez estas cosas no suenen tan
terribles; pero contempladas desde dentro, desde paredes inscriptas con el
código del propio genoma condenado, son un tornado, un tifón, un tsunami, una
marea aterradora. Una cosa es temer la extinción de la especie humana por la
guerra, la enfermedad o el desastre cósmico; otra muy diferente es concluir que
todo el género masculino puede quedar obsoleto en un tiempo geológicamente
insignificante, como si dijéramos dentro de cinco minutos.
En buena hora las
mujeres se liberaron de atávicos prejuicios que las relegaban a un lugar de
inferioridad, pero discúlpenme si me asusta esta inesperada vuelta de tortilla.
Ya no serviremos ni para la reproducción; no seremos siquiera un mal necesario.
Tal vez corramos la suerte del virus de la viruela. La culpa la tiene
Copérnico, o Descartes, o Galileo. Sí, eso debe ser.
Hemos entrado en la
noche oscura de la irrelevancia y alguien ha escrito una sentencia sobre el
género masculino con tinta super flúo: “Hermanos, hasta aquí hemos llegado”.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP
(1) http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2009/519/1251982074.html