Sociedad 15-09-2009 - 561 Palabras

(Calumnias – Injurias – Propuesta oficial)

 

¡CALUMNIAS!

 

Es una verdadera pena que la iniciativa oficial para suprimir el delito de calumnias e injurias haya sido presentada ahora, en medio de la discusión por el proyecto de ley de servicios de comunicación (que ni siquiera empezaremos a abordar en esta oportunidad). Claro que no podía ser de otra manera: la despenalización de esas figuras se inscribe en una puja en la que el gobierno intenta mostrar que no tiene intenciones de limitar la libertad de prensa sino más bien al contrario, y por eso lanza esta idea que quién sabe si habrá estado pensada desde antes o surgió justamente como respuesta a quienes sospechan de aviesos propósitos en el otro proyecto, el más debatido.

 

Es una pena, decimos, porque la discusión de qué cosas pueden decirse de una persona o entidad, de dónde está el límite que separa el derecho inalienable a la expresión e información del insulto, una transgresión a otro derecho que se supone de todos como lo es el honor, es central para la democracia.

 

La penalización legal para las llamadas calumnias e injurias se basa en un presupuesto muy simple, tanto que no se lo cuestiona habitualmente: que todos tenemos una cualidad intrínseca inatacable, algo que llamamos honor y que ni siquiera nos molestamos en definir. La defensa de esa cualidad se transforma, por lo tanto, en un derecho.

 

Sin embargo, buena parte de la acción del periodismo se basa en la observación de que muchas personas tienden a hacer cosas poco honorables que el común de la población debería conocer para evitar que esos pillos se salgan con la suya. Es ahí donde aparecen la denuncia, la crítica, la pregunta incisiva y el comentario mordaz. Prácticas que pueden ser molestas en ocasiones, pero que conviene preservar en aras no sólo de la libertad de expresión, sino también, y sobre todo, en pos de la libertad del pueblo a estar informado.

 

Claro que la cosa nunca es tan simple. Tan falibles y corruptibles como cualquier otro, y más engreídos que la mayoría, los periodistas podemos abusar de la facultad de poner discursos ante la consideración pública y cometemos verdaderos atentados contra la imagen de personas que no necesariamente son poderosas y que en todo caso merecen (a veces) mejor suerte. Es ahí donde aparece el resguardo legal del honor contra las afirmaciones que lo cuestionan públicamente. Calumnias en el caso de que se trate de la atribución mentirosa de hechos vergonzantes, injurias en cualquier tipo de insulto o agravio aunque no propale falsedades.

 

Ahora, el gobierno quiere aprobar un proyecto largamente demorado que privilegia la libertad de expresión por sobre el derecho a la no afectación del honor, invirtiendo la tendencia actual. Dicho esto, hay muchas cosas a considerar: están el alcance de las afirmaciones de que se trate, la pasibilidad de sanción civil por las consecuencias que éstas pudieran tener, el tema de la real malicia (es decir de la difusión de informaciones falsas a sabiendas)... pero sin duda el debate básico está claro. Merece ser amplio y profundo. Los límites de la libertad de expresión e información son una cuestión cuyo tratamiento no puede quedar reducido al ámbito de los especialistas y mucho menos esgrimirse como arma para lograr otra cosa.

 

La cuestión, repetimos, es central al sistema democrático, y viene bien saber de qué se trata.

 


Sebastián Lalaurette

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Agencia MP