(Periodismo)
Lo más saludable del acalorado debate por
el proyecto oficial de una nueva ley de medios de comunicación audiovisual es,
paradójicamente, el descrédito en que ha caído el periodismo. En principio, el
grupo Clarín, directamente afectado por las modificaciones que el gobierno
nacional impulsa y muy probablemente logre; pero también, por extensión, el
resto de los medios, audiovisuales y escritos, grandes y pequeños, públicos y
privados. Esto, que podría sonar absurdo, se revelará como casi obvio a poco
que se lo piense.
(Quien esto escribe debe hacer en
principio una aclaración: como periodista, no sólo es miembro de ese cuarto
poder por estos días tan denostado, sino que además trabaja en “La Nación”, uno
de los diarios más importantes del país que es, en principio, competidor de
“Clarín”, pero también su socio en la compañía Papel Prensa, y tiene una
posición determinada frente al conflicto. No es que eso vaya a tener demasiada
influencia en el contenido de esta columna, de todas maneras, porque aquí no se
trata de pensar en la puja por la ley en sí misma sino en el papel del
periodismo en la sociedad.)
Decíamos: lo sano aquí, más allá de las
acusaciones, los tiras y aflojes y los posicionamientos de los distintos
actores, es la pérdida de esa aura de infalibilidad que aún conservaba buena
parte del periodismo. Hasta hace poco, lo que los medios casi nada decían de sí
mismos: seguían presentándose como espejos de la realidad, como fieles
narradores de los hechos que se dan en la vida pública. (Y esto nunca fue
cierto, como lo sabe quienquiera que curse al menos un cuatrimestre en
cualquier carrera de comunicación.) Ahora, todo el mundo habla de cómo
funcionan los medios, de a quién pertenecen y de por qué dicen lo que dicen.
Durante años, una década o más (digamos
durante todo el menemismo, cuando a un poder político viciado y a una Justicia
indolente o peor que eso se oponía la fuerza de una instancia investigativa que
desnudaba lo que se quería mantener oculto), los periodistas fuimos el sector
más creíble de la sociedad. En buena
hora, con todo este debate en torno de la propiedad de las señales, los
monopolios y las formas de titular, hemos sido empujados definitivamente de ese
sitial.
La gente, la gente de a pie como usted,
está finalmente entendiendo lo que antes entreveía parcialmente: que mucho de
lo que se dice por televisión o por radio o se imprime en los periódicos tiene
más que ver con un posicionamiento en una lucha de poder que con el deseo de
reflejar equilibradamente una verdad.
La ficción se ha deshecho. En su cerrada
autodefensa, el grupo Clarín ha rifado buena parte de su credibilidad, pero aun
cuando otros medios no hayan hecho lo mismo, lo cierto es que, como sociedad,
estamos analizando muy críticamente la posición de la prensa, un mensajero
esencial pero no transparente. Cosas perfectamente previsibles y normales, como
la influencia de la publicidad en los contenidos informativos que llegan a
nosotros o el carácter eminentemente empresarial de los medios, permanecían
ocultas, pero ya no.
La confianza ciega y generalizada en el
periodismo se ha hecho trizas y está bien. Ahora tendremos que volver a
ganárnosla. Pero será una confianza alerta, informada de los factores que
mueven a la industria periodística. La sociedad habrá salido ganando.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP