Sociedad 22-09-2009 - 566 Palabras

(Periodismo)

 

TRIZAS DE CONFIANZA

 


Lo más saludable del acalorado debate por el proyecto oficial de una nueva ley de medios de comunicación audiovisual es, paradójicamente, el descrédito en que ha caído el periodismo. En principio, el grupo Clarín, directamente afectado por las modificaciones que el gobierno nacional impulsa y muy probablemente logre; pero también, por extensión, el resto de los medios, audiovisuales y escritos, grandes y pequeños, públicos y privados. Esto, que podría sonar absurdo, se revelará como casi obvio a poco que se lo piense.

 

(Quien esto escribe debe hacer en principio una aclaración: como periodista, no sólo es miembro de ese cuarto poder por estos días tan denostado, sino que además trabaja en “La Nación”, uno de los diarios más importantes del país que es, en principio, competidor de “Clarín”, pero también su socio en la compañía Papel Prensa, y tiene una posición determinada frente al conflicto. No es que eso vaya a tener demasiada influencia en el contenido de esta columna, de todas maneras, porque aquí no se trata de pensar en la puja por la ley en sí misma sino en el papel del periodismo en la sociedad.)

 

Decíamos: lo sano aquí, más allá de las acusaciones, los tiras y aflojes y los posicionamientos de los distintos actores, es la pérdida de esa aura de infalibilidad que aún conservaba buena parte del periodismo. Hasta hace poco, lo que los medios casi nada decían de sí mismos: seguían presentándose como espejos de la realidad, como fieles narradores de los hechos que se dan en la vida pública. (Y esto nunca fue cierto, como lo sabe quienquiera que curse al menos un cuatrimestre en cualquier carrera de comunicación.) Ahora, todo el mundo habla de cómo funcionan los medios, de a quién pertenecen y de por qué dicen lo que dicen.

 

Durante años, una década o más (digamos durante todo el menemismo, cuando a un poder político viciado y a una Justicia indolente o peor que eso se oponía la fuerza de una instancia investigativa que desnudaba lo que se quería mantener oculto), los periodistas fuimos el sector más creíble de la sociedad.  En buena hora, con todo este debate en torno de la propiedad de las señales, los monopolios y las formas de titular, hemos sido empujados definitivamente de ese sitial.

 

La gente, la gente de a pie como usted, está finalmente entendiendo lo que antes entreveía parcialmente: que mucho de lo que se dice por televisión o por radio o se imprime en los periódicos tiene más que ver con un posicionamiento en una lucha de poder que con el deseo de reflejar equilibradamente una verdad.

 

La ficción se ha deshecho. En su cerrada autodefensa, el grupo Clarín ha rifado buena parte de su credibilidad, pero aun cuando otros medios no hayan hecho lo mismo, lo cierto es que, como sociedad, estamos analizando muy críticamente la posición de la prensa, un mensajero esencial pero no transparente. Cosas perfectamente previsibles y normales, como la influencia de la publicidad en los contenidos informativos que llegan a nosotros o el carácter eminentemente empresarial de los medios, permanecían ocultas, pero ya no.

 

La confianza ciega y generalizada en el periodismo se ha hecho trizas y está bien. Ahora tendremos que volver a ganárnosla. Pero será una confianza alerta, informada de los factores que mueven a la industria periodística. La sociedad habrá salido ganando.

 


 

Sebastián Lalaurette

redaccion@agenciamp.com.ar

Agencia MP